martes, 31 de julio de 2018

VI Taller de creación y crítica literarias: narrativas que funcionan (Universidad de La Rioja).



Cada cual alimenta sus motivos para participar en este tipo de eventos. El mío fue un poco de aire fresco, porque hasta el momento escribo en soledad, sin participar del “mundillo”; también por ver cómo funciona por dentro y fuera un taller de este tipo por si en un futuro me aventuro a proyecto similar. Y también, yo sí voy a ser honesto, para distribuir algunos ejemplares de mis novelas entre lectores privilegiados por eso de si suena la flauta.
Podéis llamarme pedante por opinar que no esperaba que me enseñaran, a estas alturas, a escribir. En mi modesta opinión (compartida por grandes escritores), a escribir se aprende leyendo y escribiendo. No considero otras maneras. ¿Si los talleres sirven? Todo lo que se dice en un taller está antes escrito en los libros que versan sobre la materia. Por supuesto que el taller ofrece las herramientas en bandeja, puede aportar otras visiones, bibliografía sobre la materia, motivación…, pero al final de la escalera está el escritor con sus luchas interiores.

Rubén Abella comenzó el taller a finales de junio. Fue una sesión muy técnica, extraordinaria síntesis con muy buenos ejemplos. Pertenece a la Escuela de escritores de Madrid y la verdad que se nota. Un comienzo perfecto para el curso, aunque bien podría haber sido el colofón porque las restantes sesiones ni se acercaron a su nivel.

María Fernanda Ampuero vino desde Madrid para hablarnos de temas escatológicos, o algo así. Se trataba de una sustitución de última hora, pero eso no es excusa para provocar la sesión más desastrosa del evento. Vino sin preparación alguna, lo cual puede ser perfectamente válido para quien tiene material suficiente para improvisar, pero lo peor que desde el inicio nos dejó clara su intención de que venía para recibir elogios por su último libro de relatos, y en especial del titulado “Subasta”; que sí, que no está mal, pero que perdió enteros al ofrecer una explicación simplista de su origen y mucho más al enmarcar la sesión en una soflama feminista que no venía a cuento. Sorprendentemente se me abrió la boca infinidad de veces durante tan escatológica sesión.

Manual Pérez Saiz es un profesional de la enseñanza del castellano que se ha hecho famoso por patentar el denominado “método de los relojes” para la adquisición del castellano como lengua extranjera. Era un tipo extremadamente gracioso que nos regaló algo así como una sesión del club de la comedia destinada a potenciar la creatividad literaria. No abrí la boca en ningún momento pero tampoco utilicé el lápiz. A favor, fue como disfrutar de una buena sesión de teatro. En contra, la literatura brilló por su ausencia.

Leticia Bustamante es doctora por la universidad de Valladolid y su tesis versó sobre el microrrelato hispánico. A mí personalmente el microrrelato no me llama la atención, pero tengo que reconocer que fue una sesión técnica y trabajada, adornada con microrrelatos, actividades y algunos vídeos que aportaron amenidad y buen hacer.

Juan Cerezo, Editor de Tusquets, era anunciado como uno de los mejores, si no el mejor, editor de España. Cierto que fue una sesión amena e ilustrativa. Yo no he leído Patria, y ni ganas que tengo, y como producto estrella de su editorial protagonizó el núcleo de la sesión para regocijo de la mayoría de los presentes. Una sesión interesante que repetiría sin dudarlo. Me queda una duda, pues siempre he considerado que los profesionales que más aportan son aquellos que, dentro del sistema, no están en su cúspide; los hombres más afamados no suelen mojarse, pues tienen mucho que perder.

Alberto Marcos es editor de Plaza & Janés. Fue lo que esperaba, un ejemplo de gran editorial que solamente busca éxitos de mercado. Sobró absolutamente la enorme parte de la sesión que dedicó a dar pautas para escribir un best-seller, porque ese material se encuentra en cualquier lugar y, a mi juicio, el ponente no destacaba en esas lides. En cambio era un tipo simpático que sabía sonreír y que de vez en cuando soltaba alguna anécdota editorial interesante, chascarrillos de escasa enjundia porque ni por asomo se intuyó que, como buen comercial, fuera a ir al fondo de la cuestión.

Andrés Pascual, cómo iba a suceder de otra manera en La Rioja, cerró la sesión. Nunca había escuchado al héroe local, pero todos parecían conocerlo ya. Habló del Quién, Qué y Por qué. La charla fue amenizada con anécdotas personales y un relato de su propia trayectoria como escritor de éxito en la que faltaba lo esencial, la importancia de los contactos, y con esto voy a mi conclusión personal.

No sin antes pasar por alto que el taller terminó, ¡Cómo iba a ser de otra manera en La Rioja!, con una “cata de relatos y lectura de vinos”, cortesía de Bodegas Solar de Samaniego. ¡Sabroso final!

Honestidad. Honestidad ha sido la palabra, el concepto, con el cual todos los ponentes, o casi todos si mal no recuerdo (mis disculpas si hiero susceptibilidades porque esta entrada de blog está hecha a bote pronto y mis recuerdos son limitados y subjetivos) han terminado su sesión. Dicho concepto funcionó como un cliché, a veces forzado pero siempre vacío de contenido. Cierto que es un concepto flexible, y de ello da fe la RAE. Por ejemplo Rubén Abellá lo ponía en el foco de la creación literaria como camino para el arte, ¡bien!, pero Ampuero lo utilizó de una manera tan coja y vacía que me quedó la impresión de que lo había escuchado tantas veces que nos lo encasquetó como si fuéramos inocentes mozalbetes. También recuerdo que Alberto Marcos abusó de un término que, a mi juicio, es mejor dejar a un lado cuando predominan las omisiones sobre las confesiones. Y por último Andrés Pascual vacío por completo de significado al término porque no se puede vender honestidad cuando no se practica. Andrés Pascual es el superventas local pero todos sabemos de sus contactos, sin los cuales nadie, absolutamente nadie, consigue publicar una primera novela tan mediocre en una editorial de lujo.
Si pongo el foco en la falta de honestidad es porque unos cuantos de entre los participantes al taller tenemos sueños, ambiciones o pretensiones literarias. Alimentar dichas fantasías me parece tan ridículo como mostrar la exuberancia de los mercados europeos a niños africanos con la barriga hinchada.
Esto es lo negativo, pero por otro lado el título del curso es diáfano y se enfoca a las “narrativas que funcionan”, y es que el mundo es ansí, como decía Baroja, y en el fondo ya sabemos bien todos cómo funciona. Qué van a decir los editores, sino que leen todos los manuscritos que les llegan, qué van a decir sobre la limpieza de los premios literarios aquellos que los promueven…
Lo demás, que es mucho, ha sido todo positivo, entretenidas las sesiones, la organización no buena sino espectacular, con Carlos, Evelyn e Irene amables no sino lo siguiente, ¿y el precio del curso? ¡Ridículo!, y encima con regalos como ejemplares de la revista Fábula o la cata de vinos final. Sólo decir que es probable que repita. No me vayáis a tildar de desagradecido porque es todo lo contrario, y de hecho esta reseña es otro regalo, en este caso de mi parte, de eso que tanto falta y tan bien vende, la honestidad.

viernes, 22 de junio de 2018

La teoría de la literatura, ¿un mal necesario?



Quién seré yo para opinar acerca de este enrevesado tema, o mejor dicho aún, quién me mandará a mí meterme en semejante berenjenal. La reflexión me viene de una relajada lectura veraniega, Tess d’Ubervilles, de Thomas Hardy. No es ni mucho menos la primera vez que me planteo la necesidad de estudiar literatura (como un placer, obviamente, no como una obligación). Quizás dicha controversia se asemeja también con la que rodea a los estudios memorísticos, unas veces secundados fervorosamente y otras denostados, o incluso con la obligatoriedad de leer a los clásicos en la adolescencia, cuando aún no se ha formado, ya no digamos el intelecto sino ni tan siquiera la personalidad.
Sean cuales sean las conclusiones adoptadas, no deberíamos obviar que en los temas humanísticos la verdad nunca es unívoca.
El caso que tenía muchas ganas de afrontar a Hardy porque era un autor que, gracias a las clases de literatura inglesa de la universidad, desde siempre permanecía en mi memoria. Bien recuerdo que suspendí literatura inglesa. Afronté la asignatura con pasión sin igual y leí una enorme cantidad de literatura, pero mis esfuerzos fueron vanos porque resultaba inabarcable y luego me faltaba tiempo para estudiar. Al año siguiente sí, aprobé la asignatura y si mal no recuerdo con buena nota. Me estudié lo que me tenía que estudiar, o sea nombres de escritores y sus libros más afamados, siglos y períodos, corrientes, logros técnicos… y entre todo esto memoricé a Hardy y algunas de sus más afamadas obras.
Soy consciente de que de alguna manera hay que evaluar a los alumnos. También entiendo que el Ministerio de Educación tiene que desarrollar un currículum efectivo y universal (y qué mejor manera que incluirlo todo en dicho currículum). Lógicamente los profesores se ven sometidos al mentado currículum, y claro está también que no todos los profesores gozan de los favores de la fortuna vocacional.
Como resultado de tanto despropósito los muchachos se tienen que estudiar un montón de datos inocuos que luego mejor olvidar. El tiempo para leer lo tendrán que sacar de dónde puedan, y eso los que gustan de leer porque quizás todos leemos con gusto Tiempos difíciles o Hamlet, pero a ver quién es el guapo que se mete entre pecho y espalda el Ulises de Joyce con veinte añicos.
Dicho lo cual, de entre tanto estudio y tanta lectura desde luego que algo queda, y en mi caso permanecía latente un recuerdo de Hardy que, más de veinte años después, ha provocado una interesante e intensa lectura.
No esperéis más conclusiones porque no las hay. Encontrar la alternativa es una quimera porque la realidad es que el currículo cambia mucho para seguir igual, parafraseando a Lampedusa. Cuando menos, esperemos que con tanta teoría literaria algo cale.

martes, 15 de mayo de 2018

Tertulias literarias.



Las tertulias literarias pueden constituir un revulsivo contra el tedio cotidiano o, según se mire, un buen vomitivo. Nos pueden servir, naturalmente, para entender la sátira de Gógol o de Swift, y para corroborar el porqué de la vigencia de los clásicos, pues la estupidez más grotesca reina hoy igual que ayer, y son los mismos los que campan a sus anchas.

Todo esto viene al caso de la tertulia de ayer (insisto, ayer puede referirse a mayo de 2018 igual que a febrero de 1817 o marzo del 56 a. C.). Andaba yo enfrascado preparando leches con nesquik para los críos y rebozando calabacín, la radio como fiel compañera, cuando me sorprendió una improvisada tertulia literaria.

El tertuliano jefe es un prohombre, uno de esos periodistas que se adueñan de la sección cultural de un periódico de prestigio y que lo mismo desbarra sobre pintura o música que sobre política y sociedad. Sus palabras se ven siempre corroboradas por maravillosos acontecimientos, un día fue su participación en el mayo del 68 y esta noche en concreto tocaba la entrevista que tuvo el honor de hacerle a Borges. ¡Borges! ¡El gran Borges! Y entonces el tertuliano se desató echando pestes a la situación de la literatura contemporánea mundial. Ya no se lee, dijo, y cuando se lee se lee mal. ¡La literatura ha muerto! Ya nunca más saldrán escritores de la talla de Borges, y si sale alguno nadie será capaz de entenderlo. Es tal la decadencia que no hay lectores capacitados, nadie provisto de luces para apreciar la alta literatura. Ahora se estila otro tipo de literatura, de masas, exenta de calidad. El Smartphone, internet… ¡nos hemos quedado sin lectores! ¡Oh, el Apocalipsis!

Philip Roth y Cormac McCarthy, pruebas vivientes de que hoy se escribe tan bien como en el siglo XIX

La verdad que exagero un poco. Quizás fue tan solo un arrebato. No hubo nadie presente para decirle: «Todo tiempo pasado fue mejor». También puede ser que los tertulianos presentes pertenecían al gremio de la economía, o simplemente que no habían leído a Cicerón. También puede ser que su prestigio obnubilara al resto, o que el buen señor hablara muy alto y no mereciera la pena ponerse a discutir. Desde luego que yo no me hubiera atrevido a contradecirle, y eso que soy de la opinión contraria porque pienso que hoy se lee más que nunca. Lo digo sin miedo a equivocarme. El analfabetismo en España es un recuerdo del pasado y nunca hubo en el mundo tantos lectores ni tantas ventas de libros. El acceso al libro se ha visto multiplicado con la tecnología digital. ¿Que se lee mal? Completamente de acuerdo pero ¿cuándo se leyó bien? Hace más de cuatrocientos años un tal Cervantes se mofó con clase de sus colegas lectores, que no leían otra cosa que novelas de caballerías, Herman Hesse o C.S. Lewis han teorizado, ya en el siglo XX, y con gran acierto (con controversia, naturalmente), sobre esa actividad tan fascinante que es la lectura.
No me atrevo a hablar de un futuro más o menos cercano. En literatura no hay verdades fundamentales y quien las busca es digno heredero de Indiana Jones. No seré yo quien critique a aquel que dedique su vida a buscar el Santo Grial.

viernes, 11 de mayo de 2018

Tipos de lectores, 1



Decía W. H. Auden que:



La moda y el esnobismo son una defensa valiosa contra la indigestión literaria. Al margen de su calidad, siempre es mejor leer unos pocos libros con atención que hojear muchos con prisa y, en ausencia de un gusto personal que no puede formarse de la noche a la mañana, el esnobismo es un principio limitador tan bueno como cualquier otro.



¡Y con qué clase se dirigía Baudelaire a sus lectores!:



¡Hipócrita lector ―mi prójimo― mi hermano!



Por lo general el lector resulta ser una persona muy pagada de sí misma. Cómo no iba a serlo si considera que aquella actividad que tanto le entretiene es la más productiva y sublime que pueda practicarse.

Pero, aunque uno crea haberlo leído todo ya, la sorpresa acecha cada vez que derrochas el atrevimiento indispensable para abrir las puertas de una librería de segunda mano.

Estás tú solo cuando entra un cliente. Dicha soledad enardece al avezado lector, que derrocha toda su sinceridad como si le sobrara.

―¿A cuánto pagan los libros?

―A veinte céntimos.

―¡Bah, qué poco!

―Bueno…, según se mire.

―No, es que yo tengo muchos libros y quiero hacer espacio, pero son muy buenos libros.

―Ya.

―Pero a ese precio mejor los regalo.

―Claro.

―Bueno, pero ya que estoy, ¿No tendrán…? Estoy buscando… Ya los tengo, pero es que están viejos, Las Sonatas de Valle-Inclán.


―Sí, mire ahí, en Clásicos Castellanos, por la “V”.

El cliente no se toma mucho tiempo. Hojea un libro.

―Esta edición es la que yo tengo, la de Austral, pero estos ejemplares están mejor conservados.

Por un momento imagino que los va a comprar.

―También hay alguna otra edición en tapa dura, ahí las verá.

Agarra otro libro y lo abre con fuerza hasta los 180º, supongo que para corroborar su escasa consistencia. Lo deja inmediatamente en su lugar y se incorpora.

―Es que…, verá, la verdad sea dicha, yo odio el libro viejo. No sé… No soporto el libro usado. Yo soy muy snob. Necesito que el libro esté nuevo.

―¡Vaya! ―Lo miro, los ojos como platos, más sorprendido por su sinceridad que por lo dialogado, asunto muy común por otro lado. Me quedo sin palabras y sin embargo tienden estas a salir disparadas tal cual inoportuno escupitajo.

―¡Ah! O sea que no compras si no es Seix Barral, Anagrama, Tusquets o demás…

―Sí, sí, precisamente esas son las editoriales que yo compro siempre. Yo compro siempre en la “Librería…”. Soy buen cliente. ―Se rió, sin acritud.



Y ahí seguimos los dos hablando un rato, presumiendo títulos o ediciones, desalentado yo porque no me iba a comprar un solo libro, cuando los tenía tan buenos y baratos, displicente él porque no le iba a pagar más que veinte céntimos por los libros de los que pretendía deshacerse.

Sin embargo el snob era listo, y estaba dotado de una gran seguridad, así que no tardó en zanjar la cuestión:

―Bueno, pues me voy, que no sé que me pasa hoy que no cierro el pico. Adiós.