sábado, 27 de mayo de 2017

¿Critica literaria?

     Supongo que ando perdido. Incapaz de disfrutar, como cualquiera, de una dulce tarde de verano a la fresca, dejar pasar las horas entre adormecido y admirado, criticar al vecino de al lado o comentar la noticia del día sin otro run run que el vuelo veloz del ruidoso vencejo.
     Quizás sea culpa del afán crítico. Incapaz de disfrutar, como cualquiera, de la belleza, me pregunto por su razón de ser. Ninguna duda me cabe que soy un entrometido. Podría disfrutar, como cualquiera, de un libro entretenido, dejarme ir, evadirme en otro rincón y luego presumir, como cualquiera, de la adquisición de ricos conocimientos, de sabiduría.
     ¡Pero no! Me posee la maldita manía de reflexionar acerca de aquella actividad tan peculiar, tan humana, como es la lectura. No importa que sea novela, ciencia, historia o poesía. Necesito leer con herramienta en mano, subrayar los párrafos clave, encontrar los móviles del escritor.
     ¿Sirve para algo la crítica literaria? Desde luego que hoy es escasa.
     Las editoriales y empresas similares relacionadas con el mundo del libro necesitan usar de ella para interesarnos en sus recomendaciones. Pero, ¿quién está libre de pecado?

"Las acciones de los hombres, de ordinario son buenas, más sus razones de obrar rara vez lo son"
ELBERT HUBBARD

"Muchas veces nos avergonzaríamos de nuestras más nobles acciones si el mundo conociera los motivos que nos han impulsado a ellas"
LA ROCHEFOUCAULD

     Sí, supongo que es el afán de notoriedad, aunque yerre el tiro. Cuántos escritores gozan hoy de prestigio gracias al mentado padrino.
     De todas maneras el crítico es un mal necesario. El lector acude a ciegas a la librería, más parece palpar el libro que tratar de hacerse con aquello que el escritor pugna por comunicar. La calidad de la edición se advierte en las tapas y en la sobrecubierta y no en aquello que nos pueda revelar.
     No, no pretendo sentar cátedra. Ante todo soy lector. Sí, he escrito alguna que otra novela, pero estos devaneos vienen al hilo de que ahora también soy librero y voy conociendo más de cerca al lector.

martes, 18 de abril de 2017

Kant, una biografía de Uwe Schultz.



  
La filosofía que se elige depende de la clase de hombre que se es; pues un sistema filosófico no es un utensilio doméstico sin vida que pueda cogerse y dejarse caprichosamente, sino que se halla animado por el alma de la persona que lo tiene.
FICHTE

Y Kant destacó por ser un hombre sistemático y ordenado en sus hábitos, hasta el punto que no salió del reducido ámbito geográfico de Königsberg en toda su vida, no digamos ya de Alemania.
Afrontar la lectura de la obra de Kant no es fácil ni tan siquiera para un humanista. No me extraña ahora las dificultades con las que choqué en la Universidad, pero es que su obra resultó oscura incluso para las mentes más brillantes de su tiempo. Tanto así que Kant se vio obligado a publicar unos “Prolegómenos” para acercar a un público más amplio su Crítica de la razón pura. En consecuencia no seré yo, un simple aficionadillo a las letras quien ose explicar su filosofía, pero la pequeña biografía que os presento es un buen comienzo para los más intrépidos.
Desde luego que Kant es un hombre formidable, pues se trazó como objetivo último de su vida, como máxima científica, el afán de servir únicamente a la verdad:

Me he trazado el camino que seguiré; iniciaré mi carrera y nada me impedirá continuarla.

El camino que se trazó fue ni más ni menos que el de la razón, y para llegar a su objetivo nada se le opuso en su camino, ni siquiera el Kaiser o la religión, con respecto a la cual tiene una visión muy moderna, la propia de los enciclopedistas de su tiempo. Hay quien asegura que a Kant se le debe que sea un completo anacronismo el empeño en tratar de explicar la existencia de Dios:

Así pues, los célebres argumentos ontológicos (cartesianos) sobre la existencia de un Ser supremo, extraídos de conceptos, constituyen una pérdida de esfuerzo y trabajo, y a un investigador le resultaría tan imposible aumentar su riqueza en simples ideas sobre conocimientos de causas como a un comerciante su caudal de dinero si para mejorar su situación financiera, se empeñase en añadir varios ceros a sus existencias en caja.

Empezó Kant por desarmar la filosofía de su tiempo, que consideró una burda herencia de la escolástica. Cierto que la metafísica había alcanzado en su tiempo una mala reputación:

Las cosas dignas de saberse se acumulan en nuestros tiempos. Pronto nuestra capacidad será demasiado débil y nuestra vida demasiado breve para abarcar siquiera la parte más útil de ellas. Se nos ofrecen en profusión riquezas que, para captarlas nos vemos forzados a rechazar de nuevo muchas baratijas inútiles. Hubiera sido mejor no cargarse nunca con ellas.

De aquí parte su Crítica de la razón pura. Se retrotrae a la demostración de las preguntas a las que la razón como actividad pensante puede contestar y a las que no:

Pero entiendo aquí no una crítica de los libros y sistemas, sino de la capacidad especulativa en general y con respecto a todos los conocimientos a que, independientemente de toda experiencia, puede aspirar; por consiguiente, el veredicto sobre la posibilidad o la imposibilidad de una metafísica en general y la fijación tanto de las fuentes como de la extensión y las fronteras de ella, pero todo partiendo de principios.

Lo que más me ha fascinado, sin embargo, es su honda capacidad para la autocrítica. No sé si será este un buen ejemplo, pero es curioso porque incluye a otro denodado filósofo, Rousseau, quien participó en un concurso de la Academia de Dijon (en el contexto del reciente terremoto de Lisboa de 1755) en el cual se preguntaba si el arte o las ciencias habían proporcionado a la humanidad beneficios notables, a lo cual respondió Rousseau en sentido negativo, abogando por la vuelta a la naturaleza. Kant no tuvo recato en admitir que se había librado gracias a Rousseau de la arrogancia de la razón que dominaba a la gran mayoría de los filósofos y enciclopedistas de su tiempo:

Soy investigador por inclinación. Siento una enorme sed de saber y una afanosa inquietud de seguir avanzando, o también una auténtica satisfacción a cada progreso. Hubo un tiempo en que creí que todo eso podía constituir el honor de la humanidad y en que desprecié a la plebe que todo lo ignora. Rousseau me ha vuelto al buen camino. Esta obcecada superioridad desaparece.

Y poco más que decir. Esto es no es más que una muestra de lo que Kant significó para la cultura alemana y universal.

martes, 14 de marzo de 2017

Apócrifos, de Karel Capek (1920-1938)




Capek, como Wells, es uno de los pioneros de las “novelas de anticipación”. Preocupado por los vertiginosos acontecimientos de su tiempo, la Primera Guerra Mundial, el ascenso del nazismo, la pujante sociedad de masas, lleva a cabo interesantes especulaciones éticas y sociales. Capek, además, fue el primero en usar el término “robot” en una de sus exitosas obras dramáticas.
Apócrifos es una colección de relatos cortos de lectura suave y pasajera, sin reflexiones elevadas. Dado que no dispongo de mucho tiempo últimamente, la corta extensión de los relatos me ha facilitado su lectura.
Los relatos están estructurados en orden cronológico. Los hay que tocan protagonistas de la mitología griega, escenas bíblicas, tanto del viejo como del nuevo testamento. Los protagonistas son Prometeo, Alejandro Magno, Arquímedes, Lázaro, Pilatos, Don Juan, Atila, Hamlet o Napoleón; a través de una sátira costumbrista se desmitifican con sarcasmo tanto hechos como protagonistas de la historia de la humanidad.
Usa de un estilo desenfadado, muy común, y habla con naturalidad de los defectos humanos, del egoísmo, de la vanidad, de la adulación, la avaricia o la envidia.
Por ejemplo está el relato Lázaro durante el cual el beneficiado por el milagro sabe que tiene que ir a ayudar al Galileo, que ha sido encarcelado, pero tiene miedo, y el miedo lo retiene, tiene miedo a morir de nuevo y es tanto el miedo que renuncia y no acude en su ayuda, muestra del desagradecimiento más absoluto y humano.
En otro relato, Sobre los cinco panes, un panadero habla sobre Jesús con honda admiración por sus obras de caridad y la cura de enfermos. Sin embargo, seguidamente se queja de que por obra divina multiplica los panes y da de comer a miles de personas. Que multiplique los peces no le importa, pero lo que no puede soportar es que de la nada fabrique el mejor pan mientras que él tiene que trabajar y pagar los correspondientes impuestos. Así que, concluye:
 
Me da lástima, pero eso no estoy dispuesto a consentirlo. ¡No puede ser!

Desde luego que hemos presentado una queja a Ananías y al Gobernador por violación de las leyes industriales y por incitar a la rebelión, pero ya sabe usted cómo van las cosas en esos lugares. ¡Hasta que se decidan a hacer algo! Usted me conoce, vecino. Soy un hombre comedido y no busco pelea con nadie, pero si Él viene a Jerusalén seré el primero en salir a la calle y gritar: ¡Crucificadle! ¡Crucificadle!

Sin alardes técnicos, sin profundidad, una lectura prescindible que no merece entrar en mi selección de clásicos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Juan José Saer, El entenado (1983).



 Que no incluya esta novela entre mis clásicos no significa más que eso, que he considerado que no encajaba bien ahí. Quizás me equivoque; mi vida es un equívoco de cabo a rabo. Incluso puede ser que luego lea otra novela del autor que me fascine tanto que no me quede otro remedio que rectificar; aunque algo me dice que en esto no yerro. Con respecto a lo último tengo que decir que entre mis más apreciados autores hay novelas que no valen gran cosa, para mí (insisto que esto no es más que una opinión personal y no tratamos de ciencia). Por poner dos ejemplos de autores clásicos españoles, Baroja y Sender, que se seguirán leyendo después de mil años (si es que sigue habiendo lectores), en sendos casos podríamos hablar de al menos una docena de novelas de calidad mediocre, pero hay que tener en cuenta que al menos dos o tres de sus novelas los convierten, ineludiblemente, en autores clásicos, y por ende toda su obra se contagia de dicho calificativo “clásico”.
En fin, salgamos del berenjenal y comencemos con la crítica, si es que a esto se le puede llamar crítica. Desde luego que no puedo presumir de disponibilidad de tiempo, así que trataré de ser escueto.
Comencemos por el final, la crítica de Ricardo Piglia que adorna la contraportada:

«Decir que Saer es el mejor escritor argentino actual es una manera de desmerecer su obra. Sería preciso decir, para ser más exactos, que Saer es uno de los mejores escritores actuales en cualquier lengua».

Hubiera sido fácil para mí seguir dicha senda abierta y buscar los puntos fuertes de la novela; supongo que así harán los lectores conformistas. Algo he ojeado por ahí, y la verdad que dicen que esta novela es una de las mejores del autor, y en su defensa decir que tiene una trama en cierto modo entretenida y ágil, a diferencia de lo que se comenta de otras de sus novelas. Desde luego que yo no me dejo impresionar por el vocabulario rebuscado; dicen las malas lenguas que funciona con los jurados cuando fallan concursos literarios provincianos (¡y no tan provincianos!). A mí me interesa la chicha, el contenido de la novela, aquello que el autor me pretende transmitir, y claro que me intereso por el lenguaje, y por las maneras y las técnicas de que usa el escritor para dicha transmisión, ¡obvio!, pero no olvidemos que el lenguaje es instrumento y medio, para nada protagonista de una novela, o así al menos pienso yo. Y he aquí que la primera palabra con la que afrontamos la presente novela, el propio título, nos obliga a acudir al diccionario, El entenado: según la RAE, hijastro, hijo de la persona con la que está casado alguien.

Se hablaba de ciudades pavimentadas de oro, del paraíso sobre la tierra, de monstruos marinos que surgían súbitos del agua y que los marineros confundían con islas, hasta tal punto que desembarcaban sobre su lomo y acampaban entre las anfractuosidades de su piel pétrea y escamosa.

            Anfractuosidades, fijaos en este término. Según la RAE, “En anatomía humana, un surco, también llamado anfractuosidad o hendidura es un término general usado para toda ranura o repliegue, especialmente las de la superficie de la corteza cerebral que separan circunvoluciones.
            A ver, usar de esta terminología no tiene nada de negativo o superficial, y tampoco es que abuse de ella. Además, que la prosa, como podéis apreciar, es fantásticamente musical, quizás a veces en exceso almibarada. Ahora bien, el narrador de la historia es el propio protagonista, y aquí es donde entro a considerar mis contras. Adoro a aquellos autores que me presentan personajes “reales”, personajes que a mí se me hacen creíbles, que yo imagino de carne y hueso, personajes que tienen defectos y virtudes, hombres o mujeres imperfectos. En este caso no me he creído al personaje. A menudo lo he puesto en tela de juicio. ¡Ojo! que estoy comparando a Saer con los grandes clásicos, Stendhal, Tolstoi o Henry James, que no se trata de otra cosa sino de decidir su inclusión en el Olimpo de los Dioses.

            Por otro lado está el tema. Toda gran novela tiene un tema alrededor del cual gira en su totalidad, quizás a veces incluso haya más de un tema. Aquí no hay dudas, el tema es la antropofagia, el canibalismo, y es, a mi modo de ver, otro de los grandes defectos de la novela. El canibalismo ocupa demasiado espacio, a mi modo de ver, según el planteamiento de la novela. El entenado narra la historia de un joven que, en la época de la conquista de América, se ve recluido de forma extraña durante diez años entre una tribu de indígenas. Esos diez años ocupan más de la mitad de la novela, pero el canibalismo, que viene a ser descrito como un hecho puntual, diríase cultural, que se da un solo día al año, ocupa prácticamente toda la novela mientras que se pasa de puntillas por todo lo demás. Considero que diez años de convivencia en el interior de una tribu indígena dan para mucho, y sin embargo me he quedado con la firme sensación de que el protagonista apenas ha vivido otras experiencias que las descritas durante los días de banquete orgiástico. Podríamos concluir que se obsesionó con el canibalismo, pero es que el protagonista nos es presentado como un hombre extraordinariamente cuerdo en todas las facetas de su vida.
            En fin, no es más que una opinión, discutible como todas, como lo es también la de Ricardo Piglia.

martes, 15 de noviembre de 2016

Les heritiérs (2014, Francia). Una reflexión baladí sobre la enseñanza actual.



El cine, al igual que la literatura, puede ser simple entretenimiento o revulsivo. Hay tiempo y ocasión para todo, pero la película que os traigo a colación es un interesante alegato contra la mala educación.
Anne Guegen es una profesora de Instituto que, de la mano de una conmovedora vocación, se preocupa de sus alumnos más problemáticos y los desafía a participar en un concurso estatal sobre niños y adolescentes en un campo de concentración nazi. Las lecturas que se pueden entresacar son varias, pero yo me quedo con esa enseñanza que consiste en que los alumnos aprendan por sí mismos. Otra lectura es el destino de una clase social marginada con un futuro gris por delante, la otra el mediocre panorama educativo de las sociedades occidentales teniendo en cuenta los enormes recursos disponibles. De hecho, el film pasa de puntillas alrededor de las dificultades internas, profesionales, con las que se enfrenta la profesora Guegen para llevar a cabo sus propósitos y que podían haber desembocado en otra historia completamente diferente, igualmente interesante pero más alejada del melodrama. En fin, que se trata de un film francamente interesante.
A mí desde luego que me ha hecho reflexionar y, como podéis comprobar, sigo en ello. Mis hijos tienen 6 y 8 y día tras día me llegan a casa con deberes y más deberes, pero no le voy a echar la culpa a estos y caer en el excesivo debate que se está dando al respecto. A mí lo que me preocupa es el currículo, y lo peor que no veo visos de mejora porque cuando escucho a los grupos políticos hablar de educación terminan desbarrando en asuntos de escasa enjundia.
Vamos a ver, el debate debería centrarse en lo que los niños necesitan aprender. ¿Qué es lo que realmente precisan? En mi humilde opinión necesitan aprender a aprender por sí mismos. Sí, la disciplina es importante, y también lo es la adaptación a este mundo cambiante, pero sería mucho más fácil con menos contenidos, que son, en definitiva, a estas edades, contenidos de usar y tirar que se memorizan sin comprensión para luego ser desechados sin reciclaje.
Por poner un ejemplo, me hago cruces al comprobar cómo los niños de 8 años se aprenden al dedillo las tablas de multiplicar, ¡como el Padrenuestro!, cuando en realidad ni siquiera saben aún el concepto de multiplicación (que viene a ser una suma múltiple). Con seis o siete años se les enseña las diferencias entre un árbol de hoja caduca y otra de hoja perenne cuando están en edad de subirse a los árboles y correr por el bosque.
En fin, ahí queda mi ociosa reflexión, seguramente equivocada, pero no por ello la movie deja de ser interesantísima.